INTRODUCCIÓN

El cine no siempre ha sido como lo hemos conocido. Las primeras películas se filmaban casi del tirón en un único escenario, se narraban de forma lineal, sin elipsis ni saltos temporales, sin primeros planos, y había que ir cambiando el ángulo desde el que se filmaba a los actores según daba la luz a cada hora del día.

Poco a poco, los directores más revolucionarios fueron ideando recursos para enriquecer sus filmes y poder representar en la pantalla el paso del tiempo o resaltar los detalles y los rostros de los intérpretes. Pero el público se sentía desconcertado ante estas novedades. Así, cuando un cineasta tuvo la ocurrencia de hacer algo jamás visto, narrar varias historias alternándolas unas con otras, en vez de contarlas de forma consecutiva, el resultado fue que los espectadores no entendieron nada.
Peor aún fue la primera vez que vieron un tren avanzar a toda máquina hacia la pantalla y un pistolero disparando en primer plano, porque el pánico se desató y la gente huyó despavorida.
A estas alturas del siglo XXI, esas anécdotas nos pueden sorprender, dado que actualmente hasta un niño de corta edad entiende esos recursos cinematográficos que asombraban a nuestros antepasados (como el flashback, el montaje simbólico...). 

No es que en la actualidad seamos más listos que los espectadores de antaño. Es que generación tras generación nos hemos ido familiarizando con los recursos y secretos del lenguaje cinematográfico, y lo que en sus inicios era vanguardista e incluso revolucionario, hoy ya está presente hasta en las películas de dibujos animados y en los productos destinados al público infantil.

 

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